El carnicero, el panadero, el fabricante de candelas
Soy un hombre de ciudad y he aprendido a evitar al máximo la interacción humana. En McDonald’s y en el supermercado hago las transacciones con el mínimo posible de contacto visual. Obtengo mis bienes y servicios a través de personas sin identidad, todo en nombre de la mayor esterilidad, impersonalidad y eficiencia. ¿Y saben qué? Me encanta.
Lo que sucede es que a veces, sólo a veces, cuando ocupo algo especial (casi siempre), quisiera tener alguien conocido a quién recurrir… Alguien conocido y de confianza a quién recurrir… Alguien bueno, conocido y de confianza a quién recurrir… Alguien… En fin, creo que se puede seguir la idea.
Quiero un sastre tan bueno como yo nunca podría encontrar, y quiero un carnicero que me guarde sus mejores cortes. Quiero un pastelero que haga el queque para mi boda, y quiero la amistad del policía de la esquina… Quiero verlos a todos con sus familias en la fiesta de navidad, quiero jugar ajedrez con ellos y —porqué no—, quiero decir unas palabras en sus funerales.
Sin embargo, como muchas de las cosas que quiero, nada de esto es posible. La pasión y el arte se están perdiendo para siempre en varias de las ocupaciones que siempre han existido. Una simplicidad que sólo es aparente y esconde la dedicación de vidas enteras atrae a muchos de los mediocres, los desesperados y los dañados. Para ponerlo en términos más simples: cuando alguien falla en su intento de convertirse en gigolo o abogado, pasa a probar suerte como barbero.
Encontramos entonces a muchas de estas personas como versiones más malhumoradas, incompetentes e incómodas de sus equivalentes corporativos, y es ahí donde todos perdemos. El trabajo se degrada aún más, la clientela se acostumbra al nuevo paradigma… Y yo no puedo encontrar un buen traje por de menos un ojo y un dedo meñique.
Estás mal, civilización. He dicho.
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