En mayor medida que tantos otros periodos, pasados y en parte olvidados ya, es este un tiempo de cambio, de imprevisibilidad y revolución, una época en la que alguien más ingenuo, o quizá menos cínico que yo, disfrutaría con nuevas y abrumadoras emociones. Era de esperar que ante este panorama los más curiosos entre mis conocidos indagaran cómo me siento, qué pasa por mi mente en estos momentos. Yo, siendo un inválido emocional, respondo con la siguiente parábola:
Hay un deseo que de una u otra forma existe en el corazón de cada ser humano: Todos queremos a alguien que pudiera solucionar nuestros problemas, calmar nuestro dolor y llevarnos por un sendero de absorta felicidad. Todos sabemos que no hay sentido en un mundo vacío de magia, en el que no pueda existir ese ser capaz de salvarnos de la miseria cotidiana. Dejando de lado idealismo y sensibilidad, todos esperamos un Rey Bueno.
El Rey Bueno es ese gobernante verdadero y justo, el hombre todo poder y todo virtud, el coloso, el héroe, el mesías, el de inhumana sabiduría, a quien sin pensarlo dos veces se le confiaría la vida, a cuyos pies se rendirían derrotados uno y cien enemigos, más allá que por respeto, por amor. La ausencia de un individuo así se debe únicamente a las circunstancias, dicen algunos. Los más atrevidos sienten incluso que pueden ser ese gran líder, y “arreglar las cosas”, si tan solo se les diera la oportunidad.
Sera necesario entender, no obstante, que éste, como muchos deseos humanos puede no estar tan cerca de alcance como los sentidos de la fe llevarían a pensar. Quien quiera que esté realmente destinado a ser un Rey Bueno habrá de ser un caballero, y un erudito, y una estrella de rock, pero lo que es más importante, deberá ser inmune a la corrupción del poder. Encontrar en una sola persona la conjugación de las cualidades necesarias puede parecer a simple vista una gran dificultad, pero si se analiza cuidadosamente, es una muy sencilla imposibilidad.
Me permitiré, sin embargo, ser juvenil, romántico hasta el ridículo, y supondré que es posible la existencia de un Rey Bueno. Este es un mundo de posibilidades: Posibilidades reales y posibilidades imaginadas, en donde caprichos de la casualidad pueden resultar en las situaciones más fabulosas.
Supondré por ejemplo que existe un hombre realmente virtuoso, pero que ha visto negada cualquier posibilidad de acceder a la belleza del mundo; mejor dicho, al que se le ha prevenido por algún motivo del uso de cualquier tipo de poder. Un hombre así aprendería a valorar cada gota de poder que pueda llegar a poseer en su vida, al haber medido y deseado meticulosamente cada consecuencia de sus decisiones y, principalmente, al haber aprendido a vivir sin él. Un hombre así sería prudente en el uso de la autoridad, y llevaría en su corazón a los desposeídos, entre los que alguna vez se contó. Este hombre sería el Rey Bueno. Digo, no podría ser alguien nacido en el poder, un príncipe, que a pesar de la virtud se arruina en su arrogancia y su convencimiento de que merece el prestigio y los privilegios que siempre ha tenido. Evidentemente, este es el primer error. Nadie merece nada: el mundo es injusto, y no hay lección más importante.
Aceptando la existencia de un fenómeno de tal magnitud, puede notarse que el problema es otro. No se trata de que exista o no un Rey Bueno, sino de poderlo encontrar, y más importante aún, de poderlo encontrar a tiempo.
El Rey Bueno no vendrá con la frente en alto a reclamar el mundo como suyo, pues nunca ha poseído nada. La mitad de su espíritu está acabada antes de iniciar, y será necesario -y encontrarlo- en medio de impostores y mediocres, antes de que la otra mitad se pierda también. El Rey Bueno sabe lo que puede hacer, y es indudable que a veces sienta que nació para hacerlo, que sin cumplir su propósito su vida está vacía, no importa el absurdo, no importa el placer. El peligro está en que esta intención no es eterna, y una vida de fracaso a pesar de la virtud evidencia, poco a poco, la futilidad del deseo.
Cuando el Rey Bueno se da por vencido, consciente o inconscientemente, todo está perdido. A partir de ese momento estará inutilizado y será como cualquier otro hombre, con el disfrute y el sentido del deber que pueda encontrar en los abismos del mundo y del corazón. A partir de la rendición, no podrá contarse con el Rey Bueno para que guíe los destinos de nada ni nadie; simplemente no podrá hacerlo sin ser consumido por la oscuridad; y peor aún, en la incompetencia de su alma saqueada, no podrá gozar siquiera de los beneficios del poder corrupto.
La gran lucha está entonces en hallar al Rey Bueno cuando éste aún crea que vale la pena amar, y gobernar, y salvar, aunque lo pueda sentir desmotivante y difícil. Habrá que encontrar al Rey Bueno y darle su lugar antes de que se una a las masas neutralizadas, supervivientes e indiferentes, como el menor entre ellos.
Para finalizar, aclaro una vez más: todo esto quiere decir en realidad otra cosa, completamente diferente, pero alguna vez conocí un Rey Bueno, al que se le dió algo de poder cuando era muy tarde ya.
Deberiamos hacer el esfuerzo por encontrar al rey bueno, pero para nuestro propio bien, y para desgracia de el, porque que enorme carga le va a tocar.
[...] Visto de otra forma, la denuncia de que una persona se siente rey y que por ello unge a su sucesor es percibido como menos malo si en la conciencia colectiva ese “rey” es visto como un rey bueno. [...]