
(Para mayor efecto, se recomienda imaginar el siguiente discurso en una voz amable y a la vez autoritaria, como la de Dios en los 10 Mandamientos o, en su defecto, Morgan Freeman… o Geraldo.)
Una pregunta rápida. ¿Apostaría usted su vida a la caída de un dado? ¿De una moneda? No lo piense mucho. Responda. Ahí, de pie en el frío, piénselo y diga. ¿Apostaría su vida? ¿Sí o no?
Falta información ¿No es cierto? Hay que establecer las condiciones.
Apostar sin conocer las condiciones es una tontería, sea lo que sea que se vaya a apostar. Se debe saber qué se puede ganar, y se debe saber cuánto se puede ganar. Olvidemos la ruleta rusa y demás instintos autodestructivos; una persona razonable difícilmente apostaría algo tan importante como su vida en algo tan incontrolable e incierto como un juego de azar. Pero pensándolo mejor, puede que aún siendo razonable se tenga disposición a jugar.
Es una inquietud curiosa, eso de preguntarse qué premio sería necesario, y cuáles las probabilidades, para hacer a un hombre apostar su vida. Pero hay un problema, y es que parece imposible investigar algo así. No hay evidencia en el mundo. Nadie apuesta su vida… ¿O sí?
Existe una situación de la vida real: La inversión del tiempo, y no de algún tiempo, sino de todo el tiempo. El tiempo de vida. Y qué mayor inversión que la del poco tiempo que se tiene. Qué mayor inversión que la de ese, no eterno, sino fugaz suspiro. Quizá no existan muchos casos en los que alguien firme un papelito con el compromiso de suicidarse si pierde un juego, pero existe una gran cantidad de personas que comprometen los años de su existencia sin la seguridad de ganar, y si se observa cuidadosamente, es exactamente lo mismo.
Si dinero, éxito, prestigio, tranquilidad y demás ambiciones humanas conforman el premio, y la incertidumbre del día a día marca la probabilidad, se puede equiparar la vida con un juego, en el que todos participan con su tiempo. La probabilidad de ser Bill Gates, Mick Jagger, o el Rey Abdalá es de uno en 6000 millones. La probabilidad de ser obscenamente millonario es de una en 5 millones. La probabilidad de ser marginalmente inteligente o bello, una en cien. La probabilidad de cumplir los sueños antes de que sea muy tarde… esa no la conozco, pero conociendo las dificultades, la costumbre que tienen de apilarse una sobre de otra, conociendo la competencia y conociendo las restricciones, no puedo pensar que vayan a ser muy buenas.
Muchos juegan, está claro. Casi todos, en realidad. Muchos apuestan su tiempo, su vida, con la esperanza de ganar. ¿Ganar cuándo? En algún momento, ni siquiera hay seguridad de eso. Jugar es atravesar el valle de lágrimas sin conocer destino en tiempo o espacio. Pero no hay que malinterpretar; jugar no es malo, ni tonto. Malo y tonto es jugar sin conocer las condiciones del juego. Apostar la vida, sí, pero saber lo que se está haciendo, y no olvidar que a pesar de todo, la casa siempre gana.
Ahora sí. Tuvo tiempo de pensarlo. Realización completa. Uno en treinta y siete. ¿Apostaría su vida al resultado de la ruleta?
¿Ganar cuándo?… Lo que acabo de leer me recuerda muchas cosas que he pensado a lo largo de mi vida… Me alegra seguir prefiriendo la plenitud o al menos la búsqueda de la misma, antes de la felicidad…
Es genial lo que escribiste!