El Hombre Kiwi

15 septiembre, 2007 2 comentarioss

El Hombre Kiwi

Tomado de las Memorias de Isaías Smith:


Tenía veintidós cuando aprendí sobre nosotros.

Veintidós, y en el pico de un vigor juvenil que aún no había aprovechado. Quisiera pensar que todo fue casualidad, pero tengo entendido que las casualidades no acostumbran este tipo de crueldad.

Mi bisabuela recién había muerto bajo circunstancias sospechosas, y sólo supe que a la hora de la hora sostuvo en su mano la fotografía arrugada, en blanco y negro, de un tipo que nadie supo identificar, con la leyenda ‘mi hombre kiwi’ en la parte de atrás. Sin importar las posibles implicaciones de estas palabras (sexuales algunas, las que no quise imaginar) decidí averiguar qué llevo a la anciana a hacer algo así, y si el tal kiwi tuvo algo que ver con su muerte.

El lugar obvio para empezar era el asilo de ancianos, donde vivía su amiga Elena. Nunca conocí a Elena, pues ya había perdido la cabeza para el tiempo en que nací, y a decir verdad, no estaba particularmente emocionado por visitarla. Mi bisabuela tampoco le visitaba, pero los detalles acerca de este hombre kiwi sólo podrían encontrarse en un tiempo cuando aún eran jóvenes, y no pude imaginar un mejor punto de inicio que la mente senil de la que alguna vez fuera su mejor amiga.

Tuve que sobornar a un par de enfermeras para que nos dieran privacidad, y la entretuve por varias horas, porque no puedo decir que la entrevisté. Parecía una visita en vano, en la que sólo lograría que me confundiera con una centena de fantasmas de su pasado mientras orinaba su pañal; pero justo cuando la desesperación me iba a llevar a la violencia, ella habló, y supe que no haría nada más en ese lugar. ‘Una se cansa del chocolate’, me dijo.

Le di vueltas al asunto por varios días, inquieto con la idea de que cuanto más tiempo pasara, más difícil se haría encontrar una solución. Sabía que se trataba de kiwi la fruta, no de kiwi el ave, y sabía que era kiwi sobre chocolate. Sabía también que había información en alguna parte, riéndose de mí.

En lo que me pareció un arrebato de locura, y un chiste que sólo yo entendería, me dirigí a la biblioteca a buscar esa información. Para mi sorpresa la encontré.

Fue sorpresivo no sólo hallar la información que buscaba, sino también que esta fuera tan explícita y tan escasa. Dos menciones impresas habían aparecido un tiempo atrás, y como llegué a corroborar años más tarde, únicamente dos. La primera, un estudio intitulado El Hombre Kiwi, del doctor Rubens Scheloto, psicólogo, fallecido poco después, propuso el caso de un grupo de hombres ‘en posesión de ninguna de las virtudes que le harían atractivo ante el sexo opuesto, según las convenciones de la época’. Estos hombres kiwi serían, sin embargo, irresistibles para un pequeño grupo de mujeres (gourmet, las llamaba él) inconformes con las convenciones de la época. El artículo no incluye una mayor descripción de ninguno de los dos grupos, sin duda reservada para publicaciones posteriores que nunca llegarían. Esto no tenía gran importancia, porque contaba con esa otra mención, la temprana biografía de Gabriel Montalto, por Rafael Fernández.

Fernandez fue imposible de localizar. Lo único que logré saber sobre él fue su retiro a una montaña olvidada, para dedicarse al pastoreo de cabras. Tampoco importaba. Si alguien tenía respuestas para mí, ese sería Montalto, quien en algún momento llegó a ser considerado el mayor hombre kiwi de todos los tiempos.

Para su cuadragésimo cumpleaños, Gabriel Montalto (‘decime Gabo’) ya era apestosamente millonario, insoportable y por supuesto, irrestible. Cuando me atendió en su oficina no podía evitar odiarlo, y culpar al brillo en sus ojos por la muerte de mi bisabuela. Al mismo tiempo no podía evitar el deseo de ser como él. Se rió cuando le pregunté por los hombres kiwi, y sin responderme, me invitó a una reunión en su casa. Él había reconocido el hombre kiwi en mí mucho antes de que yo supiera que estaba ahí.

En la reunión conocí a muchos de los que serían mis amigos de por vida. Además de Gabo, ahí estaban Fernando, Leonardo y Humberto, más cercanos a mi edad. Conocí también al que se rumoraba era hijo de Rubens Scheloto. El trato era amable, y cada uno se sabía mejor que el resto de los presentes (los pobres idiotas). Hicimos planes para reunirnos con mujeres; muchas de las cuales ellos ya conocían, otras que encontrarían por primera vez. Los planes eran muy similares, y absurdamente simples. Tomaríamos café con ellas, veríamos un par de películas o las dejaríamos embriagarse si ellas así lo deseaban.

En lo personal, no me importaba mucho el plan. No podía esperar a conocer estas gourmets en la selección de los hombres. ¿Cómo serían? ¿Realmente este pelotón de perdedores tenía alguna oportunidad con ellas?

Por tercera o cuarta vez en lo que llevaba de vida, me arrepentí de esperar algo con tantas ansias. Cuando finalmente conocí a algunas de estas mujeres, me quedé petrificado y, como suele suceder en esos casos, fracasé horriblemente con mis avances. Cada una era realmente hermosa, cada una a su manera. Me sentía intoxicado por la tristeza en sus miradas, por la desinteresada seducción en sus movimientos, y por la inteligencia en sus opiniones. Las deseaba tanto que quería vomitar. ¿Cómo era posible que existiera este tesoro justo al alcance de la mano? ¿Qué serie de eventos tan terrible llevaría a estas mujeres a estar entre nosotros? Mujeres más jóvenes no habrían entendido, y yo tampoco estaba preparado para saber la verdad. En ese entonces yo no podía comprender que realmente éramos nosotros el tesoro, el dulce exótico, el kiwi en el banquete de los hombres. Yo no entendía como Gabo, como entendían todos los demás.

Los otros no eran muy diestros pese a su mayor experiencia (Scheloto en particular era un inepto), pero sabían que hacían lo correcto. Actuaban en equipo, y eran casi militares en su estrategia, si bien no creo que lo hicieran conscientemente. Se movían por lo general en terreno conocido, pero si alguno se aventuraba a ir más allá, era acompañado por el resto del grupo. Se aproximaban a las más débiles, con una torpeza que no se puede ensayar, y a menudo lograban algo. Yo me reía de su incompetencia. Ellos se reían de mi falta de resultados.

Poco a poco me introduje más en ese mundo, y mi misión inicial perdió importancia. La madre de mi abuela no pudo haber muerto triste si en el último momento recordó algo como esto. Nosotros (ya me sentía uno de ellos) sabíamos más, y entendíamos más sobre cómo sacarle el jugo a la vida que cualquier otro grupo de gente que yo haya podido conocer. No sólo esto, sino que podíamos hacer que ellas sintieran lo mismo, y conocíamos juntos el placer, sin temor por lo que vendría después.

La amplia mayoría de nosotros estaba destinada a la soltería, y quizá lo sospechábamos desde entonces, pero ¡Qué soltería iba a ser!

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2 Comentarios a El Hombre Kiwi

  • Menzú dice:

    A los hombres KIWI!!!! con una excepción y ya se sabe…jijiji… QUE TEXTO!!! Me dejaron EXITADA!!!y como dice esta frase:…”La amistad es más difícil y más rara que el amor. Por eso, hay que salvarla como sea”…

  • Natiuska T dice:

    Ahhhhh! Quiero un hombre Kiwi!!

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El Hombre Kiwi en Planeta Gris.