Cuando Catarina nació la felicidad que había sentido durante los nueve meses se volvió depresión y tristeza. Ahí estaba yo, en la cama de un hospital del estado, de esos que ni siquiera hay que decir que son malos pues lo estatal indica eso: abandono, tristeza y fealdad.
La situación se volvió más confusa y molesta cuando llegué a casa. Comencé a reflexionar y responder los cientos de preguntas que en el mismo momento circulaban por mi cabeza. ¿Cómo debo educar a esta criatura que dicen es mi hija? ¿Seré igual que mamá y papá o simplemente deberé dejar que las cosas fluyan, vivir cada experiencia en el momento e inventar una solución para cada conflicto? o ¿tengo que pensar en todas las situaciones posibles que se puedan dar para estar preparada? Creo que eso sería imposible, sería inadecuado descifrar este y otros enigmas, pues yo no sé que rumbo va a tomar la pequeña.
Ahora bien, recuerdo que desde pequeña he traído conmigo la idea de ser madre pero nunca pensé que existieran tantas interrogantes ya que, siempre tuve el pensamiento propio de una niña. Querer vestir al bebé con ropa bonita, peinarlo y otro tipo de actividades que se pueden practicar hasta con uno de esos muñecos “repollos”. Nadie me dijo que un bebé no solo se alimentaba de leche en biberón y colados de fruta y verdura. Más adelante, básicamente cuando mis amigas cercanas se fueron convirtiendo en mamás, me comenzaron a atacar otras ideas. Entre ellas puedo citar la que más me aterraba: cargar esos 9 meses con una barriga inmensa que impide subir gradas o caminar bien. Además, asociadas al parto estaban las contracciones, el dichoso piquete, el dolor en el pezón los primeros días de alimentar al niño y el trauma de que el estómago quedara sumamente desfigurado y me impidiera seguir con una vida sexual normal.
Sin embargo, cuando nació la pequeña niña lo que más me confundió fue el hecho de pensar que desde mi infancia había jurado que no sería como esos padres que les niegan a sus hijos una infinidad de actividades y conocimientos. En ese preciso momento me di cuenta de que había pasado jurando, quién sabe a quién, algo que no podía cumplir. No podía pensar en otra cosa que ver a mi hija entregada a los “desmadres” que yo había hecho. Hubiera preferido que a diferencia mía ella conservara su virginidad hasta llegar a eso que llaman matrimonio o por lo menos hasta verla juntada con un tipo.
Me avergüenzo de mi misma porque creo tener el derecho que sobre mi tuvieron mis padres, decidir por otra persona lo que se debe o no de hacer, y no me pongo a pensar la cantidad de “cosas malas”, inapropiadas diría yo, que pretendo alejar de otra persona. ¿Acaso no fueron las borracheras con los amigos, las fumadas de lo que sea, las desilusiones con un tipo (o varios), las madrugadas de fiesta y todo lo demás que papi y mami ven como sinónimo de perdición e irresponsabilidad aquello que me ha enseñado a crecer como persona y darme cuenta de lo que realmente quiero o soy? Entonces, ¿por qué debería hacer yo lo mismo? Creo simplemente que es parte de una cadena, ellos probablemente pensaron que no iban a ser igual que sus padres…