Woody

1 noviembre, 2007 1 comentario

“Twisted” – Joni Mitchell

Woody

En la vida, no existe un momento de tan completa alegría / profunda desolación como aquel en el que se entiende que no se es especial. Casi, casi, casi todo lo que se puede sentir o pensar en este mundo, alguien más lo ha sentido y pensado antes, y no es una, sino miles o millones de personas a través de la historia. Encima de todo, los muy desgraciados / afortunados del pasado —y el presente— no sólo tienen el atrevimiento de robarnos la exclusiva, sino que lo hacen en público, y dejan elaborados registros para rematar.

Al inicio, uno puede pensar que es un error, una casualidad, una aberración social, el cometa Halley que visita cada 80 años, pero no. Una y otra vez, en uno y otro lugar, aparece la evidencia. Conversaciones, libros, música y películas. No hay otra explicación. No hay nada nuevo bajo el sol, y no se es especial… Para mí, el proceso fue lento, arrepentido, a veces inocente, y avanzó desde la infancia. Por mucho tiempo me rehusé a creer, porque, después de todo, soy el ángel / bastardo que soy. Todo normal, hasta que las cosas dieron un salto.

Entra Woody Allen. Cómico intelectual. Ateo incorregible. Anteojos de nariz. Entra Woody Allen y se lleva lo que es mío / suyo. No sólo ha sentido las mismas cosas, y tenido las mismas ideas. No sólo ha hecho eso, sino que ha plasmado todo en la pantalla del cine, de una forma tan maravillosa que me asusta la idea de intentar.

Ya sea la incapacidad de sentir placer cuando el destino me sonríe, la tendencia obsesiva a identificar lo que quiero con lo que necesito, o la inadecuación social que me transforma todo el tiempo, todo lo ha vivido él. El muy sinvergüenza ha hecho de imitarme -40 años antes- la labor de su vida, robándome / regalándome obras de arte inigualables, sin ser un artista, al menos no uno de verdad. Y todo termina en que no podré sentirme el primero cuando haga a la gente entender los beneficios de la comida chatarra, o felicite a mi hijo por poner nombre a su pene. Seré un segundón si admiro a Ingmar Bergman y a Groucho Marx, si lloro con Carrie Fisher y canto con Natalie Portman.

Tenemos diferencias, claro está. Me falta / le sobra la neoyorquineidad, y la judaidad, pero especialmente, me falta / le sobra la suerte con las mujeres. Quiero decir, nunca fui fan de Mia Farrow, o de Louise Lasser, o de su actual esposa / hija (con la que tiene dos hijas / nietas), pero nunca le perdonaré a Diane Keaton. En los ’70s. Diane Keaton en los ’70s… Por todos los cielos.

Sin embargo, me consuela que cada día estoy más cerca de desenmascararlo como un fraude / idolatrarlo libremente. Estudio sus películas, sus libros, sus grabaciones de jazz. No es posible que nuestras diferencias no nos separen, no es posible que distanciados en tiempo y espacio compartamos gestos y mentes de esta manera. Tiene que haber algo más, algo que aclare las sospechas sobre este hombre, que indudablemente es mi némesis/alma gemela.

Mantendré los ojos abiertos, y no me perderé ni uno de sus movimientos.

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