
El camino es lento y tortuoso, este calor me está sofocando, no puede ser posible que después de tan larga senda todavía haya que seguir más en medio de estas masas bloqueadoras. Ya no soporto ni un segundo más de esta gente debo huir por la izquierda, escapar del trayecto directo de mi vida e ir en tú búsqueda, en mí búsqueda. Finalmente la calma la veo venir, en tus brazos encuentro la paz que ocupaba, los alrededores se han despejado para darnos un minuto de tranquilidad. El tiempo hace una pausa pero nos damos cuenta que ya es tarde por lo que buscamos refugio. Proponemos unas grutas cercanas pero nos miramos a los ojos y sabemos que debemos irnos, huir del camino de la angustia. Una cueva más profunda es nuestro lugar, allí cuando llegamos hay ya algunos comensales un poco menos temerosos que los de afuera pero en cuyas miradas se les nota que no entienden lo que pasa.
Sentados finalmente a la luz de la lumbre que nuestros propios corazones palpitantes generan, empezamos a desentrañar nuestras intimidades. Me dices (me lees en mis ojos) que no somos –sin razón aparente- ante nuestra pareja lo que somos frente a nuestros amigos, será que el amor sexual enfatiza lo peor de nuestros adentros, cuando por otro lado nuestro amor fraternal no enfatiza nada solamente nos permite ser, sin complejos nosotros mismos. La tabernera se nos acerca y la pregunta que nos hace no es, sorpresivamente, nuestra orden de la noche sino: -¿Por qué desperdician sus vidas en relaciones que los dejan vacíos? (Por supuesto sus labios no coinciden con su voz como una de esas películas chinas traducidas). A lo que respondes, respondo traiga dos jarros de sus mejores fermentos.
¿Quién respondería otra cosa? Como evitar ignorar lo patéticamente obvio, lo descorazonadoramente irrefutable. Entonces te exijo que seas mía, que me hagas tuyo pero con sabia mirada me respondes, me desdigo, que la hora no ha llegado aún y que nuestros encuentros fuera de la vía principal son lo único que tendremos hasta que el futuro nos junte en el punto asintótico de nuestras vidas, de nuestra felicidad. Hacemos entonces el mismo ritual de siempre, salimos del refugio escogido para proteger nuestras complicidades y te llevo de la mano hasta donde habías quedado en tu vida. Y me llevo, te llevas un nuevo pedacito de nuestras almas.