Mi pueblo

Nací en el centro de Europa en un pequeño pueblo en medio del bosque… al pie de los Alpes. Mi padre es el mejor carpintero que el pueblo haya tenido jamás. En su taller pasa largas horas del día realizando sus tareas que pareciera que ha hecho desde el principio de los tiempos. Al inicio de la semana, toma un tronco de madera, lo corta en piezas bastante rústicas y éstas las pule y las cepilla con un extraño artefacto que le debió confeccionar Peter el herrero. Poco a poco esos tablones van tomando cara de mueble, grande y pesado. Sin embargo, la rudeza de los gruesos cortes contrasta con los detalles que afanosamente le talla a la madera. Mezclas de pájaros, hojas, grandes rosas; todos se conjugan para dar la apariencia de una delicada obra de arte, con la funcionalidad de un mostrador de cocina. A veces al ver los perfiles largos a los costados, vienen a mi cabeza las siluetas de mujer que vemos mis amigos y yo ocultos cerca de la posa. En la mirada de mi padre solo veo felicidad, con un trasfondo de tranquilidad de saber que es mejor tallador que mi abuelo. El placer que cada una de sus obras le produce es algo conmovedor y que por ninguna razón aparente no quiero para mí.
Yo lo que quiero es vivir en un mundo donde uno no tenga que hacer lo que su padre hace. Un mundo en el que el carpintero quiere ser médico, en el que el herrero quiere ser filósofo, en el que el comerciante quiere ser sacerdote, en el que el sastre quiere ser abogado, en el que intelectual quiere ser policía, en el que el matemático quiere ser don Juan, en el que el ingeniero quiere ser periodista, en el que el millonario quiera ser harapiento, en el que el pescador quiere ser banquero, en el que el minero quiere ser alcalde, en el que el manco quiere ser deportista y por qué no en el que maquinista ferroviario quiera ser el icono del mundo moderno.
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