La Pérdida de Otra Inocencia

31 enero, 2008 1 comentario

Pan Cuadrado

I

Imaginemos que la vida es un sándwich. Imaginemos, para continuar el argumento, que es una naturaleza muerta de esas que figuran en las paredes de los restaurantes: un sándwich hermoso, imaginativo y suculento. Un semental entre los sándwiches. Un sándwich que, a pesar de todo, nadie puede comer. Imaginemos también que no tenemos una idea en el demonio sobre lo que intentaré dilucidar a partir del metafórico sándwich. Imaginemos entonces que es hora de iniciar el texto.

La vida es un sándwich, o mejor dicho, cada vida es un sándwich. Para entender esto sólo hay que pensar en las rebanadas de pan como nacimiento y muerte. Los ingredientes del sándwich, dispuestos en capas, representan así diferentes etapas en la vida. Se empieza el sandwich por la capa superior de pan y se avanza hacia abajo, poco a poco, hasta encontrar de nuevo pan.

Para el sándwich de la vida, como para el sándwich del almuerzo, se puede encontrar ingredientes variadísimos; dulces, salados, ácidos y amargos; en millares de consistencias, texturas y grosores. Recorriendo en orden ingrediente por ingrediente se puede conocer, a veces una tras otra, experiencias tan diversas —si se me permite la figura— como el tomate y la mostaza.

El secreto de la individualidad está en la mezcla, y así cualquiera puede encontrarse representado en una de la infinidad de combinaciones, desde la hamburguesa del hombre común, hasta la solitaria margarina de un niño que nos deja antes de tiempo, o la torre de sabores exóticos de algún gran aventurero.

Pero hay otro punto importante: No se conoce de antemano lo que habrá en el sándwich. Es a lo largo del trayecto que se descubre el gusto distintivo, entrelazando capas actuales con el recuerdo de anteriores, hasta formar al final del camino la crónica de una comida propia, exclusiva, breve o extensa, blanda o exhuberante, patética o majestuosa… Si entienden lo que quiero decir.

Hablaré hoy un poco sobre el sándwich que conozco, el mismo que comparo con otros que observo a la distancia. A mi edad, no se puede decir que se haya alcanzado la carne del sándwich, pero definitivamente ya quedó atrás la lechuga, así que si tuviera que identificar mi posición, diría que estoy estacionado en el queso. Y esto es precisamente lo que quiero discutir: la vida en el queso, o el inicio de la década de los veinte.

“I Don’t Want to Grow Up” – Tom Waits

La edad de la inocencia

II

A los veintitantos (por decir algo) ocurre un evento bastante triste. Triste sólo para algunos, como todas las cosas, pero en este caso triste para mí. Resulta ser que a esa edad somos por primera vez lo suficientemente viejos como para haber alcanzado alguna clase de éxito, o claro, no haber alcanzado ninguno… Y en esencia es esto lo que quiero comentar.

Es posible observar que muchos grandes hombres y mujeres** ya habían logrado grandes cosas para el tiempo en que tenían veintitantos. Una vida entera se puede construir en un lapso de dos décadas, y los ejemplos de esto son tan numerosos que no vale la pena siquiera hacer un listado. El hecho es que —si bien no es la norma— no es de ningún modo imposible ser una persona de mundo, con madurez, experiencia, prestigio y fortuna, a la tierna edad de 23.

Por otro lado, con 23 años también es posible encontrarse frente a una computadora en una habitación oscura, sin ninguna clase de madurez, experiencia, prestigio o fortuna; prácticamente un mendigo, barbudo y en bancarrota, blogueando en calzoncillos mientras se murmura una de la que podría ser de las frases más repetidas por la humanidad entera: “¿a dónde se me fue el tiempo?”.

Darse cuenta por primera vez que se ha desperdiciado media vida puede ser el inicio de una etapa más adulta, y esto quizá sea algo bueno. Sin embargo, entender que se ha desperdiciado media vida es el inicio de una etapa de frustración, resentimiento, y tristeza, y esto es definitivamente algo malo. Cuando uno se observa a sí mismo y encuentra un fracaso es cuando empieza a crecerle adentro una ira inexplicable contra el mundo que (a) no le previno ni le preparó, y (b) le restriega el fracaso en la cara.

Durante la infancia y la adolescencia se va por la vida pensando, inocentemente, “cuando sea mayor me dedicaré a esto, o a aquello otro”, disfrutando el presente sin construir realmente para un futuro. Y no se nos puede culpar por esta imprudencia, si somos apenas niños. Nuestros padres nos envían a la escuela, y vamos, a regañadientes, más por un asunto de obediencia a la autoridad que por la común amenaza de “si no vas a la escuela vas a terminar barriendo caños”… Por todos los cielos, si yo ni supe qué era un caño hasta que cumplí 15 años… Estamos bendecidos por la ignorancia cuando niños, y por lo mismo cuando niños somos unos cabrones hedonistas.

Se puede ser razonable entonces, y puede perdonarse al mundo por todo este asunto de olvidar la advertencia; se puede dejar pasar como un crimen sin verdaderos culpables. Pero en lo que respecta a restregarnos el fracaso en la cara con todos estos jóvenes exitosos, eso sí que no se perdona, y fácilmente se puede llevar el rencor guardado toda la vida.

Un joven exitoso es la muerte de la esperanza; es el final de la promesa del “cuando yo sea grande”; es como un aviso gigante en luces de neón, visible desde todas partes, que recuerda sin cansancio: “Te Cogió Tarde”. Es como si al llegar a los veintitantos, uno repentinamente dejara de ser un muchacho en la flor de la vida, para convertirse en una eterna solterona.

Es por todo esto, y por muchas otras cosas, que odio a los jóvenes exitosos, en especial los que son tanto o más jóvenes que yo. Es por esto que prefiero no ponerles atención. Después de todo, ¿qué pueden saber esos mocosos?, lo más posible es que no sepan nada, pero si descubrieran algún trozo de sabiduría que yo ignoro siendo más viejo, bien, en ese caso prefiero no enterarme.

III

Aquí termino este discurso, lleno de observaciones superficiales. No es para ser tomado en serio, sino para celebrar la percibida intrascendencia de las ideas serias. Podría servir para entretener, acaso para advertir a los más jóvenes. No me corresponde saber. Los más viejos ya estaban enterados de todo, y de cualquier manera, no han puesto atención.

**incluído por motivos de corrección política.

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1 Comentario a La Pérdida de Otra Inocencia

  • Natiuska T dice:

    Humberto… hoy que llego y me encuentro con tus letras, me causa asombro, el hecho de que hoy haya estado pensando al respecto. Es increíble lo que te obliga a tu alrededor a ser exitoso en todo campo y lo peor de todo, lo que te obligas a vos mismo (yo creo que esto segundo, es lo más severo). Lo del sandwich esta muy curioso, yo se que siempre nos da por comparar el sandwich con los otros, y muchas veces el de nosotros siempre nos parece un poco sencillo, que tiene mantequilla, mayonesa, lechuga… probablemente a simple vista los ingredientes luzcan semejantes, pero la calidad, proveniencia, sabor, son absolutamente diferentes. Si hay alguien “menor” que quizá logre esos “exitos” primero, dudo que reconozca la peculiaridad de muchos hechos, que probablemente reconozcas a los 23.

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