Algunos circos
“Party” - El Perro del Mar

Hace poco fui a una despedida de soltero. Hace poco fui también a un funeral. ¿Y saben qué? Ambos se me hicieron muy similares. Más allá de las bromas sobre el ‘matricidio’, más allá de la forma en que marcan un final (y un antes y un después y un nunca más), ambos son compromisos, homenajes y pequeños espectáculos.
En primer lugar, sobra mencionar la obligación que supone cualquiera de estas actividades. Si algún conocido está por casarse o acaba de morir, lo menos que se puede hacer para demostrar nuestro apoyo es acompañarle en la celebración.
Hay que considerar, sin embargo, que estas celebraciones tienen un problema. Al cementerio, y también al cabaret, la gran mayoría de personas acude en búsqueda de conexiones humanas, que ocasionalmente necesitan con desesperación. Quienes visitan el cementerio persiguen una conexión espiritual, quienes visitan el club nocturno hacen lo suyo en busca de una conexión sexual. Ninguno encontrará la satisfacción deseada; no es posible conversar de nuevo con el que ha muerto, ni es posible hacer el amor con la desnudista. Es posible, sin embargo, fabricar la ilusión de aquello que se busca, y para esto, para el acto de crear fantasías, no hay lugares mejores. Por motivo de lo anterior, cada vez que alguien visita un cementerio o un cabaret, esperará —así sea inconscientemente— ser tocado por la magia de estos lugares, formar parte de la ilusión y, de alguna manera, conectarse con ese aspecto de su propia espiritualidad o sexualidad. De esta manera, tanto el funeral como la despedida de soltero estarán siempre marcados por la expectativa que tengan los invitados por sentir algo especial. Y esto me recuerda un poco la experiencia del circo.
A los niños pequeños les encanta el circo. Y por qué no iba a gustarles, si les da la oportunidad de observar en un mismo lugar, y en un corto periodo de tiempo, a los animales exóticos de otras partes del mundo, junto a un grupo de hombres y mujeres entrenados en las artes más inusuales, muchas veces imposibles en apariencia. Cuando se es niño no hay nada que estimule la fascinación por lo desconocido como el circo. En el circo se descubre por primera vez que existe más en este mundo de lo que siempre se ha creído, y mientras se esté viendo el espectáculo desde un asiento, se espera ser constantemente sorprendidos y maravillados. Para un niño, en el circo todo puede pasar, y esa es siempre una experiencia especial.
Por otro lado, a los adultos del siglo XXI, que ya lo han visto todo, el circo no les impresiona. El encanto se ha perdido ya, y a pesar de que nunca se pierde la expectativa de descubrir algo nuevo —o quizá precisamente porque nunca se pierde la expectativa— la experiencia del circo suele ser una horrible decepción; siempre lo mismo. Los adultos se ven entonces obligados a buscar otro tipo de espectáculo, el tipo de espectáculo que prometa una verdadera emoción. El adulto sabe que hay —que tiene que haber— cosas más inusuales y más fantásticas que el tigre que salta los anillos de fuego, y que pueden conmover más que el trapecista al vuelo; cosas como el insoportable sentimiento de otras personas, o la gran belleza de una mujer. Los adultos tienen su propia versión del circo en el club nocturno (ya sea despedida de soltero o un día común); y tienen su circo también en el funeral. Llegan siempre esperando algo, un espectáculo; genitales de mujer en un lugar, lágrimas de hombre en el otro. Y de una forma u otra van a ver a ese payaso bailar.
Es muy posible que el carácter intrínsecamente deprimente de la actividad de las bailarinas exóticas no sea desconocido para nadie; su trabajo demanda que aparenten un deseo que no sienten, y que construyan un ambiente de erotismo donde realmente no existe. Esto podría no ser tan malo, si después de todo cualquier trabajo requiere un esfuerzo consciente para crear, pero es algo muy diferente cuando eso que se crea es falso, y tan próximo a los anhelos y los instintos más básicos del ser humano. El problema es el mismo para la familia cercana de un recién difunto; deben lidiar con su propio dolor, inimaginable, y al mismo tiempo deben crear un ambiente de desconsuelo para todos los que vayan a asistir al funeral. Deberán dar unas palabras, liderar las procesiones, recibir pésames, y completar un ritual tras otro, justo en el momento cuando más necesitarían sentarse a llorar. Al igual que las desnudistas, son animadores de un show que exige que demuestren sentimientos específicos, sean o no el fiel retrato de lo que están sintiendo en realidad.
Son muy similares los dolientes y las bailarinas, porque tienen que cumplir con las expectativas de un grupo de personas que, aunque planearan acudir a la celebración por un motivo solidario, esperan algo más, algo memorable. Se puede homenajear al novio o al muerto, si ese es el motivo original de la reunión. Pero los encargados del entretenimiento, quiéranlo o no, sépanlo o no, deberán llenar en la medida de lo posible las expectativas que de dolor o carnalidad tengan los invitados.
Y como uno de los invitados me encuentro yo en la despedida de soltero, o en el funeral, no importa en realidad. Mientras todo sucede a mi alrededor, no puedo evitar preguntarme cuánto afectará a las personas esta hipocresía emocional; ¿Se darán cuenta de lo que está pasando? ¿Qué sentirán? ¿Cuánto odiarán? ¿Llevarán por mucho tiempo el rencor? Porque la fantasía de algo real, la cercanía a una conexión, a una emoción profunda… eso enloquece a la gente, los atrae y los fascina. En algunos circos comúnmente se logra saciar el morbo de muchos, pero se hace al precio de la humanidad de otros cuantos. Y francamente, esto me inquieta, porque si bien nunca tendré que desvestirme por dinero, siempre se está acercando el terrible día en que perderé a un ser querido.
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Terribles y deprimentes circos son estos del funeral y las bailarinas. Exc observacion!