
Primer Asalto:
En esta esquina vemos aparecer un hombre feo y flaco, que esconde su metro ochenta de estatura y su peso Super Welter con un caminar desgarbado y peculiar. El hombre, que luce unos gastados shorts de mezclilla, se nos hace conocido. Talvez sea un amigo de un amigo, o una estrella porno, pero no sería posible saber con certeza. En todo caso, para no llevar más allá el asunto, revelaré su identidad. Ese hombre soy yo, o mejor dicho, fui yo.
Minutos antes de un medio día de invierno doblaba yo la esquina para llegar a la parada del autobús. Una vez allí, me quedé esperándolo de pie al borde de la acera. Venía de cobrar mi salario, que por motivos que no vienen al caso aún se me paga en efectivo. Llevaba un grueso fajo de billetes en el bolsillo, pero no puedo decir que me encontrara nervioso. Estaba ahí tranquilo, esperando, viendo los automóviles pasar, cuando de repente un infeliz cualquiera me acerca un puñal a la espalda y me arruina el día.
—Deme todo, primito —me dice en voz baja cerca del oído— y póngale.
Para este momento ya estaba nervioso. Me habían asaltado antes un par de veces, y ya conocía cómo se desarrollan estos asuntos, pero nunca había tenido en juego tanto dinero como en esa ocasión. Ahí, a pesar de todas las recomendaciones sensatas que alguna vez había escuchado, consideré caerle a golpes; al menos salir corriendo, si llevaba incluso mi ropa deportiva. Tomé entonces mi decisión. En menos de un segundo tuve todo planeado, y sin duda le daría una lección a este don nadie. Pero justo cuando iba a desarmarlo y dejarlo hecho una desgracia en el suelo, recordé que soy cobarde, y tuve que improvisar. Volteé entonces un poco la cabeza hacia atrás y actué tan naturalmente como pude.
—Mi hermano, —le dije— no ve que andamos en lo mismo.
El tipo este me vio de arriba a abajo, analizó mi imagen de alcohólico desahuciado, y entendió lo que le estaba tratando de decir.
—¡Uy primo, sorry por la escena!
—No, si no es nada. La cagada es que casi me deja el bus.
—Sí, estos chunches a veces tardan media hora en volver a pasar.
—Ok, ok. Ahí lo veo.
—Tuanis.
Segundo asalto:
Cuando entré, no había más que un par de espacios libres en el autobús. Como aún no se me había pasado el susto, tomé asiento al lado de una señora mayor.
El autobús avanzó algunos kilómetros y yo me había distraído tratando de leer el periódico que alguien levantaba al otro lado del pasillo. Recién iniciaba con la sección deportiva cuando el bus frenó precipitadamente y por poco me quiebro la nariz contra el respaldar del asiento del frente. Mi atención, sin embargo, se concentró en la mujer que estaba a mi lado. El movimiento repentino estuvo a punto de expulsar hacia adelante los contenidos de su bolso de mano, que por suerte cubrió a tiempo con los brazos. Como todo un caballero, yo la estaba ayudando a acomodarse, hasta que entre los contenidos del bolso vi un reloj idéntico al mío. Y digo que vi un reloj idéntico al mío porque en ese momento no habría pensado que efectivamente fuera el mío. No dudé que existiera una razón legítima para que ella cargara con un reloj de hombre, dorado, marca Citizen en el bolso. Eso pasó exactamente un segundo después, cuando me di cuenta de que mi muñeca izquierda estaba misteriosamente descubierta.
Esto sí era el colmo. Sobrevivo el ataque de un maleante a pura fuerza de voluntad sólo para que la abuelita de Robin Hood se lleve mi reloj 15 minutos más tarde. No me podía quedar de brazos cruzados. Tomé entonces las llaves que andaba en el bolsillo, escogí la más grande y amenazadoramente se la apunté en la parte baja de la espalda, como si fuera un cuchillo.
—Silencio. No se atreva a gritar —le dije— Y deme ese reloj.
—¡Pero m’hijito!
—M’hijito nada. El reloj.
Puse un poco más de presión sobre la llave y la mujer se apresuró a darme el reloj. La mantuve en su lugar y esperé algunos largos minutos a que el autobús se detuviera. Sabía que tenía que escapar rápidamente, que si la señora se envalentonaba y soltaba un grito nadie iba a creer que yo era realmente la víctima, y lo mínimo que podía esperar era un linchamiento. Sobra decir que no había terminado de detenerse el bus cuando salté de mi asiento, y colocando el reloj en mi bolsillo corrí hasta la seguridad del exterior. Ya estaba cerca de mi casa, pero con la suerte que estaba teniendo preferí tomar un taxi.
El taxi me llevó hasta la puerta de la casa, y luego de un almuerzo rápido decidí descansar un rato. Fui a mi cuarto, cerré las cortinas y me dirigí a la cama. Antes de acostarme me quité los zapatos y vacié mis bolsillos en la mesa de noche. Ahí estaba todo: las llaves, el pañuelo, la billetera, el rollo de dinero y dos relojes Citizen.
me recordo a un correo que lei recientemente sobre unas galletitas….. jajaja
Lo de alcohólico desahuciado es solo la imagen???
En cuanto me deja el Citizen que le sobró???
Aclaraciones literarias: No sé de algún correo, pero el relato de las galletas es obra de Douglas Adams. Arthur Dent se come las susodichas galletas (podrían ser frituras, no recuerdo) en el cuarto volúmen de The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy; Mostly Harmless.
…y para el reloj, oigo ofertas.
[...] 7. Tiene una menor probabilidad de estar expuesta a actos violentos. [...]
[...] Dos Asaltos – Humberto [...]