Fotografías del Pasado

“Picture Book” - The Kinks

Fotografías
En un inicio, la fotografía pasaba fácilmente por hechicería. Basta imaginar que un día, de repente, existiera un artefacto capaz de crear un retrato perfecto (¡perfecto!) e instantáneo de una persona, objeto o paisaje. Existía ya la pintura, por supuesto, pero aún así hacía falta un pintor grandioso para replicar fielmente una imagen, y el proceso podía tomar horas o días. ¿Qué más puede esperarse de la magia? En la primera mitad del siglo XIX, los más afortunados se sacaban uno o dos retratos en la vida, y éstos se utilizaban para decorar —como verdaderos trofeos— las más selectas repisas en la casa de habitación.

Nada más distante de lo que ahora vemos con la fotografía digital. En nuestros días es virtualmente gratuito sacar una fotografía a color con un nivel de detalle que supera el que puede apreciar el ojo humano. Estas fotografías pueden replicarse —idénticas hasta el último pixel— dos o tres infinidades de veces, también por un costo ridículo; las toman hasta los relojes de pulsera y en segundos pueden enviarse varias veces alrededor del mundo. Si tenemos la disposición, podemos incluso retocarlas y modificarlas como nos plazca. Ahora las fotografías no son un trofeo que se muestra con orgullo, sino algo tan corriente que quizá no vaya a ser visto dos veces; algo que puede encontrarse en todas partes y no merece dos segundos de nuestra atención.

No estoy aquí para defender el tiempo aquel del nacimiento de la fotografía, sino el tiempo de mi juventud, algunos años antes de la invención de la fotografía digital, o al menos un par de años antes de su reinado. Muy probablemente los lectores expertos hayan ya adivinado mi argumento, pero para evitar cualquier confusión aclaro: Odio las fotografías digitales. Odio las cámaras digitales. Odio los teléfonos con cámara digital. Odio que cualquiera pueda obtener, en cualquier momento, una fotografía de lo que se le antoje. Odio que todo el mundo tenga mil fotografías de sí mismo en Internet. Y odio también a esos asombrosos japoneses que hicieron posible todo lo anterior.

Esto no se debe a ningún resentimiento con la sociedad, ni a una desconfianza generalizada por la tecnología. Para ser sincero, yo tengo una cámara digital, y la utilizo de vez en cuando. El odio que menciono no está siquiera muy arraigado. Sin embargo, esta nueva edad de la fotografía viene con un precio: se ha perdido el álbum de fotos, y todo lo que este puede llegar a significar. El problema es que, a veces, el precio me parece demasiado alto.

Sé muy bien que aún es posible imprimir fotografías tomadas con una cámara digital para crear un álbum, pero esto es simplemente algo que no se hace: Nunca lo he hecho y nadie que yo conozca lo ha hecho. Posiblemente no conozco a nadie que sepa de alguna persona que lo haya hecho alguna vez. Hasta donde sé, es una práctica exclusiva de las personas que viven en la publicidad de las impresoras.

Y esto me duele, porque los álbumes son algo bueno. Son quizá el mejor resumen de los eventos de la vida de una persona o una familia, y por tanto la llave de los recuerdos que esa vida encierra. Así guarden fotografías de muchos años, o tan sólo un corto periodo de vacaciones, los álbumes son siempre un objeto especial, único, y por lo mismo lleno de cariño. Más que ojear las gigantescas colecciones digitales de imágenes, ver cien fotos emplasticadas en un álbum es un ritual que se saborea y se comparte sólo con personas especiales. El hecho de que no se tenga muchas fotos no es una debilidad, sino la oportunidad para conocer y apreciar cada una en detalle.

El álbum envejece con su dueño, y cambia con él. Entre más pierde color ante los rayos del sol, más endulza las memorias de tiempos que se empiezan a sentir más lejanos y alegres. Completamente distinto de las representaciones eternamente iguales del reino digital. El álbum es como un miembro de la familia, con un lugar propio dentro del hogar. Es la más personal de las pertenencias: de las primeras en salir de una casa en llamas, de las últimas en desecharse en momentos de privación. He visto por el contrario millares de fotos desaparecer en discos duros defectuosos, sin mayores desconsuelos.

No sé qué irá a pasar con toda esta información que estamos trasladando a medios electrónicos. Mejor dicho, no sé qué ira a pasar con nosotros una vez que hayamos trasladado la totalidad de la información. Sé mejor que muchos los incontables beneficios que trae la digitalización, y que todo este proceso se efectúa en pos de un mundo más feliz. Hay al menos un campo, sin embargo, en el que el gusto por lo que es conveniente se empieza a robar las partes más significativas de la experiencia. Se reflexiona cada vez menos sobre el significado de una fotografía y la compañía que esta puede llegar a hacernos a lo largo de la vida. Porque, cuando se puede tomar imágenes tan perfectas, tan baratas y tan a menudo como se nos ocurra; ¿Qué importa para qué las tomamos? En ocasiones ni yo lo recuerdo.

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2 Respuestas para “Fotografías del Pasado”

  1. hola tengo ganas de saber como se sacaban fotografias antes y como se sacaban fotografias despues y ahora

    muchas gracias…

    Ricardo…

  2. Wikipedia, Ricardo, Wikipedia.

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