Peleador Callejero
“Eye of the Tiger” - Survivor

Yo sé que quizá sean muy pocos los que lo entienden, pero un hombre de verdad necesita pelear. Un hombre de verdad se siente incompleto si desperdicia su vida en pretensiones de pacifismo, sentado en algún cubículo gris, consumido por el tedio. Un hombre de verdad siente de vez en cuando el impulso irresistible de salir a llenarse los nudillos de sangre, a mostrar de qué está hecho, y a castigar a esa bola de debiluchos y pelafustanes que caminan por este mundo con sus zapatos de diseñador, comiendo su comida vegetariana y escuchando su jazz.
Muchos de ustedes pueden pensar que un combate mano a mano es una barbarie, que es cuestión de animales, pero insisto: la mayor parte de ustedes nunca ha estado en una pelea, y por consiguiente no saben de qué estoy hablando. Ni siquiera pueden empezar a imaginar y, a decir verdad, no sabría cómo hacerles entender la belleza, la elegancia de partirse la cara con otro ser humano. Sería como tratar de explicarle un orgasmo a una silla. Digamos simplemente que es la más hermosa de las artes, y que ustedes no comprenden un carajo. En todo caso, no estoy aquí para hacerles entender, sino para contarles de la gran pelea del ‘88.
La historia empieza conmigo, retirado de las peleas callejeras por más de una década. No lograrán que ninguno de los implicados les revele detalle alguno sobre mi última pelea, pero basta decir que quedé incapacitado de por vida, y que mi vista no es lo que era antes. Por supuesto, la sed de sangre no se calma tan fácilmente —anteojos o no—, y antes de un año volví a las andadas, esta vez con la vocación de entrenador.
Disculpen, si dijera que soy entrenador estaría exagerando un poco mi papel. Un peleador callejero no se entrena. No. Un peleador callejero nace entrenado. Yo cumplía principalmente la función de cazatalentos. Me movía entre cantinas de mala muerte, estadios de fútbol y marchas políticas, buscando un gran campeón que yo pudiera guiar hasta la cima. Encontré varios con gran potencial, pero los fui perdiendo uno a uno, ante los encantos de las mujeres y la iglesia. Presencié las más exquisitas luchas en aquel tiempo, y eso nunca se olvida. La decepción, la ingratitud, todo eso lo olvidaría después, con la llegada del más grande… robusto… obeso guerrero que jamás conocí.
Porque este relato es de él, de Fernando Cárdenas, de su primera pelea, la inolvidable pelea del ‘88. Él era uno de esos que sienten el vacío, y no se explican de dónde viene. No sabía aún de su propósito en el mundo. Nunca había combatido, pero el muchacho tenía espíritu. Procedí entonces a organizarle un bautizo de sangre, en su karaoke-bar predilecto. Primero, me las arreglé para reunir a un trío de matones, que llegarían en el momento justo de la noche. La pelea sería un dos contra tres, y como compañero de nuestro muchacho elegí al negro más resistente que pude encontrar.
Lo siguiente era convocar a todos sus amigos, que le servirían de audiencia, y esperar la llegada de la media noche, cuando todo tendría que suceder. Sobra decir que permití que las bebidas corrieran libremente.
La primera movida era del cabecilla de los matones, quien les puedo jurar que es pirata de profesión. Utiliza incluso un parche en el ojo. A la primera oportunidad, cuando sintió al negro pasar caminando junto a él, el pirata le lanzó un golpe, y dio por iniciado el pleito. Vino entonces el primer intercambio, entre el pirata y el negro, un ballet de ganchos de derecha simultáneos, que terminaría apenas los secuaces del pirata saltaran sobre el negro y le hicieran caer. Entra así nuestro muchacho en escena, lanzando mesas por los aires, como si fueran de cartón. Y es entonces cuando sonó como un trueno la misma voz que minutos antes había entonado “La Media Vuelta”:
—¡Alto! Él está en el suelo. Peleen conmigo.
Pero Fernando tenía hasta ese momento poca experiencia, y recibió el primer golpe: un puñetazo certero al pómulo izquierdo, que con toda seguridad aún recuerda en las tardes de lluvia. Se intercambiaron algunos golpes, y aunque no pude ver bien lo que pasó luego, supongo que nuestro muchacho tenía el control, pues hasta se dio el lujo de decir:
—Ahora les voy a dar la espalda, a ver si por detrás sí me pueden pegar.
Lo que siguió con una risa maniática. No sé si fue esa risa, o el agotamiento, lo que desanimó al trío pendenciero. Pero segundos después decidieron abandonar el local, ante la mirada victoriosa del negro y el gordo. Éste último, luego de la pelea, corrió a ocultarse, tímido, para no evidenciar las lágrimas de alegría que corrían de sus ojos, ahora hinchados de orgullo. Así lo encontré yo, como un niño que acaba de dar su primer paseo en bicicleta sin ayuda de su padre.
—¿Ocupás algo? —le pregunté— ¿Para las heridas?
—¿Cuáles heridas? Heridas llevaban ellos. Yo lo que ocupo es una Heineken.
Y una Heineken le traje, inmediatamente. Cuando se la di, estaba yo también al borde de las lagrimas. Había visto el nacimiento de un campeón.
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jaja pobre nando, pero me rei bastante me gusto mucho, gracias Humbert.
Como que pobre Nando…no lee “…con la llegada del más grande… robusto… obeso guerrero que jamás conocí.” jajaja ese Nando es todo un hombre de verdad!!!
…el hombre al fin desmontrando su brutalidad en fuerza,gano? / perdio? ….que importa; simplemente dono silencio en este mundo.
“Yo solo se que no se nada”
Fuerza,Mente o Espiritu?
Un verdadero heroe de nuestro tiempo. Salud Campeón!
Es la tercer versión que escucho-leo, pero definitivamente la mejor
…. Es mi héroe en serio!!!
“Ni siquiera pueden empezar a imaginar y, a decir verdad, no sabría cómo hacerles entender la belleza, la elegancia de partirse la cara con otro ser humano…”
Hubieran empezado con esto cuando me contaron del famoso pleito y me ahorran la preocupación!! Me siento afortunada de conocer un héroe de verdad como Fer.
Ahora entiendo todo, al fin la verdadera historia. Cuando sale el cortometraje?
3/Jul/2008 a las 1:20 pm
[...] 2. Alejarse de una pelea difícilmente dañará su posición social. [...]