Lección de Economía No. 2: Costo y Beneficio

La frase “no hay almuerzo gratis” ilustra una de las premisas más importantes del proceso de decisión humana: cualquier bien o actividad que nos dé algún provecho implica un sacrificio. En otras palabras, todo beneficio tiene asociado un costo. Esto podrá parecer trivial o auto-evidente a algunos de los lectores, pero permítanme contarles un secreto: prácticamente todo el conocimiento en economía proviene de este concepto tan sencillo.
El proceso de decisión es un constante acto de estimación, en el que siempre se está comparando el beneficio de una acción con su costo. Cuando el beneficio esperado de una actividad es mayor que el costo, se puede esperar una ganancia neta positiva y la acción es —en términos absolutos— rentable. Todas las decisiones se realizan con la esperanza de obtener alguna rentabilidad, pero no sólo eso. Hay que elegir también entre todas las posibles actividades rentables aquella que sea la más provechosa de todas. Lo que se busca es obtener el máximo beneficio con el menor esfuerzo posible (algo conocido también como la “Ley del Mínimo Esfuerzo”).
Sabiendo esto, no es difícil deducir la clase de decisiones que toma la gente, ni la naturaleza de sus motivos. Quizá no sepamos con exactitud qué es lo que alguien gana de alguna de sus acciones, ni qué es lo que pierde, pero podemos ponernos en su lugar y tratar de entender, y así, talvez, aproximar una idea. Tenemos sin embargo una pista: en el cálculo previo a una decisión, SIEMPRE habrá un costo y un beneficio esperados, y SIEMPRE el beneficio esperado será mayor que el costo esperado.
Por supuesto, es posible que las personas se equivoquen, y que alguna decisión les provoque más daño que ganancia, pero aquí lo que se debe observar es que las personas no saben con certeza qué traerá el futuro, y deben actuar con un conocimiento incompleto. A la hora de juzgar las causas de una acción cualquiera, no basta analizar sus resultados, sino las intenciones de su ejecutor: las personas no escogen aquello que les traerá una mayor rentabilidad, sino aquello que ellos creen que les traerá una mayor rentabilidad.
‘¿Y qué de las personas autodestructivas, o las personas que toman decisiones conscientemente malas?’ podrán preguntar algunos. Esas personas se están haciendo daño a sí mismas, es muy probable, pero hay que tomar en cuenta el placer que obtienen de ese daño; aún las conductas más absurdas o insospechadas tienen una explicación dentro de este marco. Y siempre las decisiones atrás de estas conductas vendrán dictadas por una simple máxima: ganar más de lo que se pierde.
Lo que esto nos dice podrá no ser mucho, y como dije al inicio, quizá algunos lo vean como insustancial, o bien sabido. No obstante, es una noción poderosísima. Entender qué hay detrás de la actividad de las personas nos ayuda a predecir cuál será esa actividad. Si podemos comprender la forma en la que la gente toma decisiones podemos saber también qué se necesita para alterar esas decisiones. Es gracias al conocimiento del costo y el beneficio que tenemos una idea más o menos precisa de por qué la gente hace lo que hace, y por qué —bajo cualquier juego de condiciones— hará lo que hará.


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A mi parecer no siempre sucede lo que comenta el autor de este interesante artículo: “Tenemos sin embargo una pista: SIEMPRE habrá un costo y un beneficio, y SIEMPRE el beneficio será mayor que el costo.”
No siempre se da esto hay circunstancias que por desconocimiento o mal cálculo del costo, no se obtiene un beneficio sino una pérdida en forma inconciente. En forma conciente se da cuando se vende al costo o más bajo para salir de un saldo pasado de moda. Por eso cambiaría la palabra SIEMPRE por LO IDEAL.
Completamente de acuerdo, Fercho. En el artículo me refiero a que siempre el beneficio es mayor que el costo en el cálculo que lleva a tomar las decisiones, no en el resultado de estas.
Acabo de modificar ese trozo de texto para eliminar posibles confusiones. Gracias por la observación.