Me desperté en un estado poco conocido para mí de absoluto sentimiento de asfixia (Debí tomar mucho más para evitar esto). “¿Dónde estoy? ¡Maldita sea!,” fue lo primero que pensé, “¡Ah sí! la tienda…” – me respondí de inmediato – y luego la desesperación “¡Malditos zippers! ¡Aire!” – más que un pensamiento fue un sentimiento de frustración e impotencia para cambiar mi condición de encierro. Por primera vez en la vida consideré la claustrofobia como algo menos que una imbecilidad pero bueno el zipper abrió y pude respirar al fin. Con la desdicha de que aún faltaba tiempo para que amaneciera y más valía que me quedara ahí cerca del zipper entreabierto para evitar otro de esos episodios. Cuando abrí los ojos por segunda vez ese día, no sé si fue una hora después pero definitivamente no pudo ser mucho más, habrían sido las dos de la mañana cuando el calor de la fogata improvisada ya no valiera la pena y el sueño nos tomara en su abrazo. Sueño que no sé cómo conciliamos pues luego nos darían ese lugar por una zona de alto peligro criminal para pasar la noche. A ellos les sorprendió y hasta les causó un absurdo miedo posterior pero para mí fue algo si no obvio al menos esperable. O sea era oscuro, sin gente y está en un maldito pueblo lleno de drogas y prostitución, quiero decir no es como que las pistas no estuvieran allí. Sin embargo, yo baso mi exposición al peligro en el principio de que si estás muy cerca de la gente peligrosa y no parece que te perturbe la situación, ellos pensarán que estás ahí por alguna razón. Por supuesto acompañado de su propia duda de si de intentar algo, les tendrías algo reservado para ellos.
Restituyendo mi consciencia me di cuenta que mi almohada de ropa forrada por un paño no me inspiraba a quedarme dentro de la tienda y por eso decidí salir, “para dónde va, mae?,” se oyó desde la tienda ante mi sorpresiva salida, “a caminar la playa” – le dije – y sin más continué mi paso. ¿Qué será lo que tiene la playa? Toda esta gente que se despierta temprano, sale y: camina, corre, anda en bicicleta, prepara los enceres de la pesca, entre tantas otras cosas que no me interesan. Aunque debo admitir que a mí también me parece una gran idea esto de empezar el día así pero aún así no logro develar el secreto que yace tras de todo eso. No obstante y casi inconscientemente caminaba y como me parecía muy estúpido solo caminar, intenté cantar para mí alguna canción —sin poder sacar de mi mente una que no me sé más que el estribillo—, es decir, no estará toda esta gente pensando en algo ¿o será que alguien puede tan solo caminar? Y entonces recordé, recordé por qué estaba allí y nada más parecía más interesante. Ya hacía 17 años había visitado esta playa por primera vez y las diferencias iban más allá de los yates estacionados, de los hoteles de 10 plantas, de las mansiones en las colinas o de la misma calle asfaltada y llena de carros, las diferencias eran fundamentales. La arena ya no era la misma y yo tan solo me pregunto si tiene sentido pensar que porque millones de personas la hayan pisado después de mí yo infante, puede que la arena de una playa cambie tanto. Tanto como para sentirse más compacta, más pastosa, menos viva; o será que la ausencia de los miles de “caricacos” ha hecho su parte en cambiarla.
Sin duda una de las más determinantes diferencias es que se pueda caminar sin que sus otrora características conchas de unicornio se incrusten dolorosamente en los pies, pues abundaban por los miles y ahora son por el contrario un tesoro aparentemente inhallable y en extremo especial para quien lo encuentre. No es necesariamente que me dé nostalgia, porque nada me parece mejor que una playa donde caminar descalzo y tranquilo. Pero no puedo sino pensar en la ilusa afirmación de que el paso de la humanidad no afecta el entorno, afirmación que más bien se queda corta en Tamarindo, que no es otra cosa que una playa nueva, nunca antes existente y perfecta para las actividades humanas. Al menos así me lo confirmaban, corredores, ciclistas, la gente de la pesca deportiva y las japonesitas/americanas que entre risas se tomaban cuanta foto podían para lo que me imagino se convertirá en un divertido álbum de Facebook. Y así en medio de este pensamiento llegué de vuelta al campamento (para llamarlo de alguna forma) donde ya todos mis amigos desayunaban tranquilamente. La playa fue de ahí en adelante normal, un chapuzón en el mar, no menos que una cuantas pláticas, un tiempo para secarnos, quitar la tienda, empacar e irnos para lo que sería la segunda parte de un día para recordar.
