
Era la noche, y el frío húmedo que caracteriza la bruma de esta ciudad daba el escenario perfecto para la escena. En la mirada de ambos se podía leer todo, pero nadie estaba allí para hacerlo. El fin había llegado como muchos fines lo habían hecho antes de este. La resignación empezaba a superponerse al sentimiento cálido de la conversación. Estaban ahí frente a frente, a veces viéndose a los ojos, otras menos hacia el piso, como quien quiere evadirse para empezar el olvido. Dos personas que luego de pasar una excelente noche sabían que todo quedaría ahí y que sus vidas tendrían que seguir separadas. Aunque quizás la única razón detrás de esto lo fuera el tiempo, su sincronía.
Sus disposiciones ante el momento eran por tanto solo expresiones de este conocimiento. Él se despedía sin terminar de irse. Ella tenía tras la puerta —a unos pocos metros— su verdadera vida, y sin embargo, intentaba prolongar el diálogo hasta el infinito. Cuántas veces pasa esto en la vida no lo sé, pero sin duda alguna pasa. Dos personas que se encuentran en este desolado mundo, para quienes todo simple y sencillamente compagina bien. Todo se entrelaza en una trama que solo podríamos llamar mágica, y sin embargo, el ahora lo destruye todo.
Estos momentos son dolorosos, posiblemente porque la propia y previa búsqueda lleva a formar ataduras que luego se resisten a quebrarse. Se resisten a dejarnos libres cuando el imprevisto llega. Y ellos allí sin idea del mañana ni mucho menos del cuándo, si es que existe, sería el momento para ellos.
Él no tenía en su mente amor, porque ningún hombre piensa de esta manera, pero igualmente lo palpitaba. Por su lado, ella parecía solo disfrutar el momento pero no podía sino dejar escapar sus sentimientos, que florecían como su única flaqueza frente a su aparente incapacidad de seguir este camino a término. Es que si de algo no se puede culpar a las mujeres es de indecididas. Ellas todas son indecisas pero una vez que se determinan son inesperadamente difíciles de convencer de algo diferente.
Para este punto, esto él lo sabía y por eso nunca intentaría convencerla. Tan solo estaba ahí para ella ese día y le exprimía lo mejor a un momento irrepetible para luego suspirar en la soledad de su carro al partir y quizás —sólo quizás— cantar cada uno su canción a la distancia.
“Soledad” – Jorge Drexler
Soledad,
aqui estan mis credenciales,
vengo llamando a tu puerta
desde hace un tiempo,
creo que pasaremos juntos temporales,
propongo que tu y yo nos vayamos conociendo.
Aquí estoy,
te traigo mis cicatrices,
palabras sobre papel pentagramado,
no te fijes mucho en lo que dicen,
me encontrarás
en cada cosa que he callado.
Ya pasó
ya he dejado que se empañe
la ilusión de que vivir es indoloro.
Que raro que seas tú
quien me acompañe, soledad,
a mi, que nunca supe bien
cómo estar solo.
Definitivamente excelente!!!!
Las mujeres son las culpables siempre, ellas tienen el poder y pueden hacer lo que les da la gana, si entre uno y ella las cosas compagian bien y se entrelazan en una trama mágica ellas pueden dar el paso, es más, deben dar el paso.
Gracias GaBy por el comentario me alienta a seguir escribiendo. Y a Vittorio bueno que te dire puede que tengas razon que hay ocaciones en que la mujer es la que se retrae pero esto no siempre es cierto y es mi experiencia propia y por lo que le ha pasado a amigos, que es mas bien la indecision del hombre la que provoca que las mujeres se asusten al sentirse solas en su sentimiento.