Del amor y los profesores de spinning
Cuando somos de esos cada vez menos comunes hombres heterosexuales que nos encantan las mujeres solo porque si. Pues sufrimos de una enfermedad que es de las peores agonías que un ser humano puede sufrir y esa es la transformación en lo que llamare imbécilmente hombre conquista. Ese hombre solo sabe la diferencia entre el bien y el mal tal y como se la enseñaron cuando niños y que ni aún por esos tiempos pudo haber seguido tan al pie de la letra.
El sentido de lo que es una buena persona nos inunda y la conquista es con nosotros una sola. Además somos ese ser gracioso y simpático que nunca en otro momento somos y que de alguna forma quisiéramos ser en momentos menos delicados. Pero lo cierto es sola una cosa: estamos ahí sentados con esa mujer y con ese hombre, dentro nuestro, que no parecería que conociéramos y sin embargo la noche transcurre a su inevitable final.
No teman que no necesariamente es triste ese final pero insospechadamente es un epílogo que fue decidido por nosotros mucho antes de tomar nuestro ser, y hacerlo mejor y más agradable. Ese momento nos puede llevar a pegar un jonrón o a recibir un knockout; pero no había nada que pudiéramos hacer durante la noche para cambiar el sino. Nada dependía de las risas que pudiéramos inducir, de las sonrisas que pudiéramos esculpir, de la admiración que pudiéramos generar o de en fin ningún otro hecho. Todo se había decidido por nosotros en la clase de spinning de la tarde.
El momento había sido forjado en las llamaradas gays del animador de la puta clase de spinning de la tarde. Del hijueputa que no le gustan las mujeres y se las coge solo porque puede; ese que ya ni siente nada, ni ninguno de sus nuevos polvos le dará más satisfacción que tener el puto asiento de bicicleta en su violado ano. Y a nosotros nos quedará ni más ni menos que decirle: buenas noches señorita! (que disfrute a su fornido homosexual!)



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