Pánico y Locura en Puerto Viejo

27 febrero, 2009 2 comentarioss

Corro desesperadamente, sintiendo que en cualquier momento voy a caer desmayado. Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Vamos, puedo lograrlo. Cuando recibo la llamada, ya tengo nublada la vista, y no sé si es a causa del sudor, o si finalmente mi sistema circulatorio se dio por vencido. Faltan menos de treinta segundos para la hora de partida, y corro por la calle gritando como un loco —¡Aló!, ¡Aló! —Al otro lado de la línea sólo se escucha la voz de mi abogado, vociferando y discutiendo con alguien más. Típico de él, olvidó que me ha llamado. Llego a la terminal momentos después, exhausto, sintiendo los latidos de mi corazón en el pecho, en el estómago, y en los ojos. Estoy convencido de que nunca podré volver a sostenerme en pie sin apoyar las manos en las rodillas. Levanto la vista y ahí está mi abogado, zapatos de tela, shorts y sombrero. Lo acompañan dos guardias de seguridad, y tan pronto se percata de mi presencia, me lanza una mirada extrañada y me dice —¿Dónde dejaste el cuello de sacerdote?

***

Vamos en el autobús y aún no puedo respirar bien. Mi abogado me dice que se habían agotado los tiquetes y tuvo que convencer a una pareja para que nos cediera su lugar. No le puse mucha atención a la historia, pero creo que tenía que ver conmigo administrando santos óleos a varios niños enfermos. No importa en realidad; estamos en camino a Puerto Viejo, y vamos en busca del sueño.

Treinta canciones después el bus es una fiesta. Mi abogado ha repartido cervezas y cigarrillos que yo no sabía que llevaba con él. En la parte de atrás hay un tipo barbudo con un banjo hecho de una lata de pintura, que entona por tercera vez “Sympathy for the Devil”. Mi abogado lleva la percusión en el techo, y tres argentinas hacen los coros. Mientras tanto, los niños que hay en el autobús corren de un lado al otro del pasillo, y un gringo malencarado nos explica a mí y a su mujer que por nada del mundo se debe alimentar a los monos. Me como un banano, pensando en los monos, en el potasio para la resaca, y en el mar, extendiéndose infinito hacia la izquierda.

Antes de darme cuenta estamos ya en Puerto Viejo, frente al juego de baloncesto más intenso que se esté jugando en el país en ese momento. Mi abogado le entrega su tarjeta a cuanto transeúnte se le atraviesa, y entre las palmeras y los últimos rayos de sol me pregunta —¿Dónde nos vamos a quedar esta noche? —Ninguno de los dos tiene idea, así que empezamos a deambular, buscando un lugar apropiado, un lugar cercano al sueño.

***

—Como tu abogado, te aconsejo que compres tres botellas de ron —Me dice un tanto afectado por la desintoxicación. Puerto Viejo es más pequeño de lo que suponíamos, y sin embargo se nos ha complicado encontrar el lugar perfecto para descansar. Es lo único que tenemos claro: Tiene que ser perfecto, cualquier otra cosa será inútil para nuestros propósitos. Pero ahora esto no importa. El aroma de la pizza (doble queso) recién hecha serpentea desde la izquierda, mientras la presencia de la licorera abierta golpea como un camión desde la derecha. Rumores de música caribeña nos envuelven desde todas direcciones, al igual que el aire mil veces ahumado con hierba. Ignorando momentáneamente algunas sensatas recomendaciones legales, doy un paso a la izquierda, y tras de mí viene mi abogado. Ambos vamos dispuestos a llenarnos el estómago, a prepararnos para una noche que promete ser muy larga.

Satisfechos, con dos botellas de ron al hombro, y una pasando de mano en mano, pronto nos encontramos frente a lo que parece ser un rancho, pero es en realidad un bar, aunque asegura en letras talladas a mano que es un hotel. Este es el lugar, pensamos. Este es el lugar.

—Este sería el lugar, —nos asegura detrás de la barra una mujer con acento extranjero, —si hubiera habitaciones disponibles.

—Esto es inaceptable —afirma mi abogado, señalándome luego. —¿Usted sabe quién es ese hombre? Las apariencias podrán engañar, pero este tipo, feo, flaco y desgarbado como lo ve, es el famoso doctor Fauchard. Mañana, él tiene que estar al otro lado de la frontera, haciendo una cirugía que podría salvarle la dentadura a un niño. Yo soy su abogado (esta es mi tarjeta) y velo por sus intereses. Este hombre necesita descansar si queremos que esté en todos sus sentidos por la mañana, y ya llevamos varias horas buscando algún lugar para hospedarnos. No creo que usted quiera lidiar con la madre del niño si la operación fracasa porque el doctor no tuvo su descanso…

—Pero señor, hay otros huéspedes que ya han reservado…

—Usted puede menospreciar al doctor, joven, pero usted no entiende que si una palabra de esto llega a oídos del Sr. Belvedere, pueden terminar perdiendo la patente.

—¿Belvedere? ¿Dónde he oído ese nombre?

—Créame señorita, —sentencia mi abogado con una mirada sombría —usted no quiere saber del señor Belvedere.

Poco después la mujer cede, y mi abogado nos registra mientras uno de los clientes del bar me muestra una picadura de insecto infectada, preguntándome qué hago al respecto, doctor. Por suerte, en ese momento nos llaman para mostrarnos la habitación, en donde efectivamente el doctor y el abogado tienen su descanso, con el final de una botella de ron.

***

Las horas de pasearnos de aquí para allá dejan frutos inesperados. Turistas que conocimos por la tarde se hospedan en la habitación que está junto a la nuestra, y en la que está junto a esa, y en la que está junto a esa última. Provenientes de las cuatro esquinas de la Tierra, estamos todos sentados en el bar del hotel, contando historias en una mezcla de varios idiomas y acentos que sería ininteligible para quien no forme parte de nuestra pequeña comunidad. Porque por esta noche somos hermanos, con lazos sellados por el alcohol y la búsqueda de un lugar que guarde todas las respuestas, un lugar como este. Ahora mi abogado no es mi abogado, sino el de todos nosotros. Discutimos el surf, los caballos, y la posibilidad de llegar de visita a algún lugar para terminar quedándose toda la vida, cuando llega desde el altavoz el alarido de Isaac Brock, “And we’ll all float on, ok…” ¿Será posible, —se me ocurre en ese momento —que nuestra búsqueda esté completa? ¿Que un grupo de nuevos amigos al calor de una botella de ron y un clima no del todo asfixiante, que ese, ese sea el sueño? Mi abogado escucha también la canción, y se pierde en pensamientos que no se han de alejar mucho de los míos.

Pronto, las mujeres quieren bailar y, por supuesto, las seguimos.

***

Se acerca la media noche y el torbellino de almas perdidas de Puerto Viejo tiene su vórtice en Johnny’s Place. Llegamos desde todos los caminos; pueblo y mar confluyendo en un salón oscuro y estropeado, donde las cadencias del reggae coordinan la inminente bacanal. Aquí, en la mente de la mayoría, el sexo en la playa no es tan solo un coctel. Velando por mis intereses, mi abogado aparece con una botella de cerveza y un puro. Velando por los suyos, desaparece con una princesa veronesa. Hablo poco. Cuando me doy cuenta estoy bailando con una rubia, que dice venir de Colonia y una hora más tarde me está besando por las calles vacías de Puerto Viejo. —Regresemos al hotel —me dice, mientras me lleva de la mano. Cuando finalmente estamos en el hotel, se distrae con uno de los camareros, y se queda conversando con él. Entonces, me mira y se ríe. Schadenfreude, después de todo, es una palabra alemana.

Afuera, escucho un sonido en las palmeras. Cuando pongo atención veo a mi abogado, corriendo y orinando al mismo tiempo. El amanecer está cercano, y me doy cuenta de que olvidé por completo el efecto que una noche de psicotrópicos tiene sobre mi abogado. Voy por él y lo guío hasta su cama, mientras escucho sobre los negros gigantes que lo perseguían… En unas horas no recordará nada.

***

Temprano por la mañana Puerto Viejo es un sitio inusual. Al mismo tiempo es un pueblo fantasma que duerme la borrachera, un hervidero de actividad para los surfistas y un lugar lo suficientemente alejado como para que muchos vivan su vida como lo hacían sus padres hace una generación.

Mientras mi abogado despierta, juego ajedrez con un viejo. —Soy bastante bueno —me dice. Le creo, y me preocupo: No me gusta perder; mucho menos con viejos, porque suelen pensar que son buenos gracias a su edad, y no a pesar de ella. Pronto veo acercarse la figura redonda de mi abogado, que siendo más aficionado al ajedrez que yo, no deja al viejo descansar hasta que ha perdido la partida, y un buen pedazo de su dignidad.

Todo se mueve más lento ahora. Luego de un capuccino con coco, luego de unas horas tomando el sol en la playa, luego de un rice and beans y una chuleta, es hora de irnos.

***

Esta vez, el bus no es una fiesta. Mi abogado, yo y otras cuarenta personas descansamos en silencio. Podría decirse que estamos desanimados, conscientes de que regresamos a nuestras vidas habituales, sintiendo nostalgia por algo que fue, por unas horas, realmente el sueño. Nick Drake ameniza, y más de uno se rinde ante el sueño. Pronto estaremos en San José. Pronto olvidaremos mucho de lo que pasó.

Pero quién sabe; puede ser que la próxima semana regresemos.

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