
Han dicho que es un padecimiento de los adultos mayores, pero considero que a cualquiera de repente puede afectarlo en mayor o en menor grado.
Llegan momentos en la vida, donde un aislamiento es una necesidad, consecuencia de una cadena de hechos que se pueden llamar desafortunados (o no).
El aislamiento bien enfocado, genera el ineludible conocimiento de uno mismo. Se necesita estar solo para hacer la tarea. Hay muchas personas que creen poder ayudarte a conocerte, el problema es que como no podemos escaparnos de la sociedad y tenemos que poner “las caras bonitas” nos obligan a inventar un autoconocimiento en modalidad seminario. Díganme si me equivoco, pero desde lo más simple como las fotografías de x o y evento, pasan por un control de calidad, así como las historias que contamos, los temas que dominamos y en general las situaciones que nos hacen lucir “cool”.
Bien, esto en el escenario de las terceras personas… Pero, ¿qué sucede cuando estamos con nosotros mismos y ese compendio de emociones y de eventos pasados que no demuestran nuestras mejores facetas, resuenan en ese espacio de silencio, cuándo estamos desnudos antes nuestros propios ojos? Ahí es cuando comenzamos a analizar la colección o nuestro “apilamiento de objetos” (como aclaración en el síndrome de Diógenes el sujeto que se aísla, comienza a acumular “cosas”, animales, chucherías, no tiene una higiene correcta, entre otros) buenos o malos, que crean ese TODO que somos, en ese momento es cuando las circunstancias no tan buenas se ponen difíciles y nos damos una trompada con la imagencita del “Súper YO” (no en términos de Freud) que dejó de ser perfecto.
No sé si mi aislamiento ha sido voluntario, pero heme aquí. Conociendo a esa persona que se me había olvidado en el ayer, porque se había quedado silenciada, cual Castor subordinado por la imponencia de Pólux. Hace tiempo que esta mudo… que ni siquiera yo lo podía oír. (¿Acaso podrían los demás?)