El consejo que cambió la vida de Isabel

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En 1958 Isabel tenía 15 años, era una muchacha humilde que vivía en Alajuela con sus padres Eliécer Sabat y Rosa Carvajal. Ésta, una mujer brava, creyencera, dicharachera y de las que les gusta pegarle a sus hijos, aquél, un minero que se había trasladado desde Abangares con su familia debido al agotamiento del oro en las minas. Don Eliécer había conseguido trabajo como maestro de obras en labores de Acueductos y Alcantarillados, a diferencia de su esposa nunca se metía con sus hijos. Éstos eran cinco, dos mujeres mayores y tres varones que les seguían, Isabel era la segunda.

No estaba muy contenta con su vida, de hecho la odiaba, a Isabel le costaba mucho el colegio y su madre le daba unas fuertes palizas debido a sus pésimas calificaciones, además, no se llevaba bien con ninguno de sus hermanos. Se sentía atraída por un muchacho que vivía cerca de su casa, Pedro era su nombre, pero doña Rosa no aprobaba que a sus hijas se les ocurriera ni por un instante pensar en muchachos.

Una paliza que colmó la paciencia de Isabel ocurrió luego de que ella y Pedro, quien caminaba esa tarde frente a la casa de los Sabat Carvajal se miraron y sonrieron, y doña Rosa lo notó. La vieja esperó a que Pedro pasara de largo, salió al corredor y tomó con fuerza a Isabel de su oreja quien segundos antes seguía sonriendo inocentemente.

Esa sonrisa fue borrada de inmediato, la vieja tomó unas ramillas de una mata de café y las usó como chilillo en las piernas de la muchacha, las cuales quedaron con innumerables marcas rojas que sangraban y ardían, según se dio cuenta Isabel al no poder dormir esa noche por el dolor que le producían. Ella no pudo dormir, pero tuvo tiempo de pensar y tomar decisiones, por supuesto que las venía maquinando desde tiempo atrás, pero este episodio le permitió finiquitar los últimos detalles.

Podría pensarse que Isabel planeaba alguna venganza o acto violento, pero no era esto lo que tenía en mente ni lo que iba a suceder, las cosas son como son, y no como deberían ser, ni como querríamos que fueran. Ella era de muy buen corazón, en él no cabían ese tipo de maldades, en su cabecita inocente nunca hubo pensamientos de odio hacia su madre, sin embargo, estaba cansada de su vida y quería un cambio.

La mañana siguiente a la paliza, cuando debía irse para el colegio, con un dinerillo que venía ahorrando desde tiempo atrás para alguna ocasión como ésta tomó un autobús hacia San José sin avisarle a nadie. Había esuchado en el colegio hablar acerca de las hermanas de María Auxiliadora, supuestamente unas monjitas muy caritativas que tendían la mano a los necesitados. Así es, Isabel estaba decidida a hacerse monja desde ese día, quería cambiar las condiciones en que vivía y dedicar su vida a Dios para darle un sentido a la misma.

Cómo logró llegar Isabel a la puerta del convento es una historia que no contaremos acá, la cosa es que llegó con mucho cansancio y todavía adolorida y triste por lo que le había pasado el día anterior, pero llena de esperanza al fin, sobre todo cuando leyó la incripción “Hermanas de María Auxiliadora” en la parte superior de la puerta frente a la que se encontraba en ese momento.

Tocó la puerta con mucho vigor, y rápidamente abrió una monjita delgada, pequeña, de cabello negro y con anteojos, con rostro serio pero no bravo. Isabel la vio y se echó a llorar de inmediato, la abrazó de sus piernas y le pidió ayuda. Sor Margarita, que era el nombre de la monja, la hizo levantarse y pasar al interior del convento, la tranquilizó y acarició y le dijo palabras bonitas.

Nunca Isabel había sido tratada así, pero le gustó mucho, cuando dejó de llorar sor Margarita le trajo un pan tostado con una taza de café, además de un platito de frutas deliciosas que la muchacha nunca había probado, todo le supo delicioso y lo disfrutó al tiempo que le comunicaba a la Hermana sus deseos de hacerse monja y el por qué de los mismos.

Sor Margarita escuchó toda la historia pacientemente, se acercó de nuevo a la muchacha y con una sonrisa amable le dijo lo siguiente:

- Mi hijita, tranquilícese, usted está muy jovencita y es muy linda, es una muchacha muy buena y de muy buen corazón, encomiéndese a Dios y récele todas las noches, verá cómo todo va cambiando poco a poco. No está bien que se haya venido hasta acá sin permiso, uno debe ser obediente a los papás sea como sea, por favor, trate de ser feliz y concentrarse en sus estudios, y actúe siempre de forma que a Dios le agrade ayudando a los demás.

Isabel le agradeció a sor Margarita sus consejos y tomó el bus de vuelta hacia Alajuela, las palabras de la monjita le habían regresado la felicidad y le habían mostrado que su vida tenía un gran valor y que estaba en este mundo con un propósito específico: ayudar a los demás.

Nadie de su familia se enteró nunca del episodio, y las cosas no cambiaron de la noche a la mañana en casa de los Sabat Carvajal, sin embargo, el cambio en la actitud y la forma de ser de Isabel fueron inmediatos, y poco a poco calaron también en su hogar. Ella se volvió sumamente servicial, ayudaba siempre que podía a la gente, era amable y respetuosa y siempre andaba viendo qué favores podía hacerle a sus vecinos y a sus profesores del colegio.

Pronto Isabel se hizo muy querida en su comunidad y sus notas del colegio mejoraron también, y además la muchacha era muy atenta igualmente con sus hermanos con quienes logró cultivar una bonita relación, y se hizo colaboradora también con doña Rosa, quien empezó a tenerle más respeto y a apreciarla más y nunca volvió a pegarle. Isabel empezó a ser muy feliz, se convirtió en una buena estudiante y pasaba ratos muy agradables con su ahora novio Pedro, quien la iba a visitar a su casa en las tardes para tomarse una tacita de café junto con ella y doña Rosa.

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2 Respuestas para “El consejo que cambió la vida de Isabel”

  1. Un buen ejemplo de como nuestra propia actitud se ve reflejada en la de los demás a nuestro alrededor. Un recordatorio de que sí podemos cambiar nuestro entorno.

  2. Una actitud negativa, arrogante o de abierta confrontación con nuestro entorno, solo puede traer conflicto a nuestra vida. Este consejo sirvió porque Isabel lo fue a buscar, porque si se lo hubiera dado la mamá, no habría servido más que para poner las cosas peor.

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