Corren los minutos mientras vigilo las pantallas de instrumentos de la nave, corren las horas. El aislamiento forzado nos obliga a prescindir de localizadores satelitales y comunicaciones por radio. Nuestra navegación está guiada por un sistema diseñado por el hombre que está sentado a mi lado. Una combinación de radar, sonar, taxímetros y correderas electrónicas ayudan a señalar en la primera pantalla un estimado preciso de nuestra posición y rumbo, y en la segunda recrean fielmente nuestros alrededores. Sobre una de las mesas laterales, hay un sextante que adivino tiene un siglo de antigüedad. Alguien lo debe haber dejado acá de forma simbólica, y ha pasado a formar parte integral de la atmósfera; le da un aire necesario de fragilidad a este encierro de brutal acero. Creo que nunca ha sido utilizado.
Otros monitores detallan el estado de las entrañas de esta máquina gigantesca: por sector, los niveles de presión y temperatura, el esfuerzo de cada uno de los motores, los purificadores de agua, los incineradores, las redes vivientes de cableado y tuberías, el movimiento de los elevadores, la distribución del peso. Es posible accesar también a la imagen de las cámaras, pero durante el tiempo que llevamos acá, se ha logrado mantener el acuerdo tácito de respetar la intimidad de los tripulantes.
Alain observa fijamente las pantallas, absorto. Su cara es una máscara de concentración, al punto que su expresión parece una mueca, una afectación. Su capacidad de permanecer inmóvil y enfocado por horas siempre me ha parecido fascinante. A mí me cuesta increíblemente atender las pantallas por más de veinte minutos sin ponerme a fantasear que avistamos la presencia de una bestia mitológica en las profundidades, o sin hacer un juego del ir y venir de las cifras que indican la distancia a tierra firme.
De pronto, Alain se acomoda en su silla y aclara la garganta. —¡Piratas! —me dice. En menos de un segundo estoy perfectamente erguido en mi asiento, con la vista fija en las pantallas, maldiciendo mi descuido y tratando desesperadamente de encontrar lo que Alain ha visto. Al notarme tan agitado él solo alcanza a reír; una carcajada satisfecha, clara, desde el diafragma, capaz de alegrar cualquier salón y desarmar cual resentimiento. Rápidamente me doy cuenta de mi torpeza. Estamos a diez mil kilómetros y 40 años de cualquier zona conocida de piratas, y aún si estuvieran aquí frente a nosotros, ¿cómo podrían dañarnos? ¿podrían siquiera vernos?
—No es eso —me dice, conteniendo finalmente la risa y tomando un poco de aire—. Estaba hablando de nosotros. Nosotros somos los piratas. ¿No te parece?
Intuyo lo que me quiere decir. Lo he pensado, claro. Cada hombre de esta nave con alguna medida de imaginación lo ha pensado alguna vez. Sin embargo, nuestras conversaciones son escasas y aprovecho la oportunidad. —Por supuesto. El tema náutico es inescapable. Viajamos de puerto en puerto, robando los grandes tesoros del mundo. Algunos usamos barba, además.
—No te hagas el listo. Es mucho mejor que eso. No sólo robamos tesoros, sino que lo hacemos solos y en silencio. Y casi siempre pasamos desapercibidos, excepto en las pocas ocasiones que nos llevamos a algún famoso como tú.
La mención me incomoda, pero Alain tiene razón. Allá en el mundo, soy mucho más famoso que él. Es su trofeo. Él está acá a pesar de ser un desconocido. —Visto así, es menos heróico —trato de aguarle el discurso—. No hay batallas, ni grandes victorias. Sólo aparecemos una noche de visita, y horas más tarde nos vamos con los discos duros y los maleteros llenos, sin que alguien se entere. Sin que algo cambie. ¿Estás seguro de que no tendría mejor sabor si costara un poco? ¿Si hubiera un precio de sudor, o sangre?
—Patrañas, Block —responde, luego de pensarlo un segundo—. El heroísmo nos sobra. Sabes bien que todos hemos hecho nuestros sacrificios. Pero más allá de eso, recuerda que estamos solos. Estamos montando un ataque frontal contra un destino que nos supera, y sin pedir ayuda. Eso tiene que valer de algo.
Un pequeño movimiento en la segunda pantalla llama su atención, pero es sólo la silueta de un banco de atunes que avanza más rápido que nosotros. Al confirmar que no hay peligro continúa hablando, esta vez con algo de cansancio en su voz.
—¿Te he contado la historia de cómo llegué a este lugar?
—Supongo que por la misma razón que el resto: te convenció el capitán.
—De cierta manera. ¿Alguna vez has pensado sobre cuál es el verdadero genio de ese hombre? Estoy convencido de que todos estamos aquí por razones distintas. Pero él nos entiende a todos, y supo antes que nosotros mismos que vendríamos con él. O talvez más importante: qué nos haría venir con él
En este punto Alain se detiene un momento, y respira profundamente. Por un instante lo siento un hombre distinto al que he visto cantar y tocar la guitarra despreocupadamente tantas otras noches.
—Hace un momento te hablé de heroísmo. Ese es un tema difícil para mí, y quizá la razón por la que estoy acá. Por muchos años busqué probar mi heroísmo, y demostrar cuánto me importaba causar un cambio positivo en el mundo. En mi juventud firmé infinidad de peticiones, asistí a marchas de protesta, busqué hacer la revolución. Fight the power, la historia habitual. Vivía realmente enojado. Quizá no me creerías si te dijera cuánto escribí en aquellos tiempos, en contra de la injusticia y la falta de humanidad. Malgasté mi juventud, ¿sabes? Hice mi mayor esfuerzo y años después terminé por entender que había fallado; nunca llegué a mejorar nada, o a nadie. Traté de consolarme con la idea de que lo que realmente importaba era el esfuerzo, la intención… la pasión. Pero entonces el mayor logro de mi vida habría sido mi actitud, una que ya no podía mantener.
—¿Y qué tal si hubieras tenido éxito? Eso habría cambiado todo, ¿cierto?
—Cierto —me dice con una media sonrisa—. Posiblemente habría sido más feliz. Y no estaría aquí.
—¿Entonces? ¿Cuál es la lección?
—No hay lección —dijo, siguiéndolo con otra carcajada.
—¿Por qué estás acá, entonces?
Alain me miró fijamente, por primera vez desviando completamente su atención de las pantallas.
—En aquel tiempo, que realmente no fue hace tanto, entendí algo —me dice—. Yo siempre esperaba que alguien más hiciera el trabajo sucio. Yo me conformaba con ser el que daba las más justas y excelsas recomendaciones. Me oponía al gobierno y a los poderosos porque no me escuchaban, porque no querían ayudarme con algo que era bueno, y cómo tenían ellos el atrevimiento de negarse. No sé si me entiendes, pero mi gran error fue gastar mis energías en tratar de cambiar las convicciones de personas que habían obtenido el mundo precisamente gracias a esas convicciones. Debí invertir mis energías en trabajar por dar forma al mundo que yo quería, sin su permiso. Era una tontería exigir la ayuda de quienes yo consideraba mis enemigos, que aunque lo tenían sencillo, consideraban antinatural ayudarme. Tenía que buscar la colaboración de quienes pensaran como yo, y nadie más. Así, no serían los grandes cambios los que tendría al alcance de mis manos, sino los pequeños. ¿Y qué? Finalmente podría lograr algo. Empecé a promover esta idea en mis círculos cercanos, y tanto más allá como se me hiciera posible. Fue entonces que el capitán me encontró, o mejor dicho, que nos encontramos. Él me habló de este lugar, de lo que nos esperaba, y de lo mucho que me necesitaba en su tripulación de piratas. Te imaginarás cómo lo dijo él. Y no supe poner resistencia.
Minutos más tarde, Alain volvía a mirar fijamente las pantallas. Escuchándolo, me avergoncé un poco de mis motivos para estar aquí: Siempre quise ser parte de la construcción de una sociedad ideal, perfectamente diseñada hasta el último detalle, tal como lo propusieron algún día Fourier, o Owen, o menos célebremente el hombre que es hoy nuestro capitán. Sólo bastó enterarme de su existencia para saber que no me perdería la vida en este lugar por nada del mundo. Es cierto que somos relativamente pocos, y que nuestra vida es rigurosa, pero no se puede discutir el hecho de que nunca ha existido una organización humana que funcione mejor. Pero, ¡piratas! Tenía sentido.