Ya sabes como esto va a terminar

20 agosto, 2011 1 comentario

“De esta manera, “dijo ‘El Poeta’ mientras descubría para mí la pianola bajo la fina franela, que la resguardaba con el abrazo fino entre tejido y madera curada, “cuando quieras despertarnos con una de tus tonadas, estas nos deleitarán con la belleza de un amanecer hecho música. Retumbarán majestuosamente como lo hacen en los grandes escenarios europeos y seremos entonces uno solo con tus sonatas, ella nos preparará su reconocida tortilla gaditana y junto al aroma del café recién molido seremos seducidos a la mesa. Los corazones de estas bellas ninfas se alegrarán y nos dejarán entrar aún más dentro de sus almas, de sus cuerpos y sus historias se escribirán a partir de estas auroras, serán tiempos felices, heroicos y sin duda formará parte de tu primer sinfonía.”

Sonreí, reconociendo en la palabras de mi amigo la sabiduría que nos habían dejado años de aventuras efímeras y desventuras que habrían convertido a cualquier buen hombre en pedestre y desabrido monstruo. Los sueños extintos hacía ya mucho tiempo regresaron esa noche de la que mi amigo quería un despertar inolvidable.

Cuando la vi bailar dije para mí ‘si fuese a dormir al lado de esta mujer hoy y pudiese deleitarme de cada una de sus curvas, que el sabor de su ser fuese mío para saborear y que de sus labios no me desprendiera sino para poder mirarla a los ojos una vez más, que nuestro encuentro solo atinara interrupción en el grosero estallido de placer que se encuentra únicamente luego de una noche que totalizó la pena de vivir e hizo del banal acto de respirar un arte. Si entonces conociera esta noche, estos placeres, estaría yo satisfecho con mi vida, la más feliz de las existencias que nadie haya podido hallar, podría levantar velas con la tranquilidad de un alma pura, los arrepentimientos deshechos con la ternura de sus labios y en su vientre navegaría una eternidad de descanso luego de haber visto la perfección a los ojos y haberme hecho uno con ella en el resudor de un abrazo.’ Y entonces bailamos y me di cuenta que la acompañaba y le susurré al oído ‘te robaré esta noche, con esta luna llena, las estrellas y las luces de mi ciudad como testigos será tendido el baile’ y ella tan solo acató a sonreír complaciente. Reímos, hablamos, bebimos, vibramos y vivimos una noche para no olvidar.

Una noche que sería recordada como el inicio de nuestra adultez y sería el ritmo de las maracas y los timbales el que retumbaría en nuestros oídos cuando recordáramos esta velada con los movimientos de cadera tan delicados y hermosos como nunca antes, cinturitas que caben en nuestras manos entreabiertas para recibirlas en cada una de las vueltas al son de la música y el tronar del hielo en nuestros vasos siempre listos a brindar. ‘No es una noche común pero es divertida’ brindó entonces ‘El Dibujante’, siempre tan lleno de magia en su hablar.

Más tarde cuando el amor terminó de perpetuarse, no fue seguido por la cachetada de vacío que tantas veces deja el clímax y que nos convierte de Romeo en Caronte, queriendo transportar nuestro amor no cerca sino lejos, cuando la expresión máxima de eternidad se mide no en años sino en segundos transmutados en siglos que tardamos en partir del abrazo póstumo y que si no dormimos no sabríamos de que seríamos capaces. Pero esta vez no, esta vez, el héroe era héroe y la ninfa era diosa y el final era total en su compañía.

Me senté por la mañana entonces ante la pianola dispuesta así a entonar una versión acústica de una canción escrita por quien ‘El Poeta’ a falta de mejor nombre llamaba alienígena y quien solo ‘El Cineasta’ había visto correr en una mañana al otro lado del mundo, la letra escuchada tan solo en mi cabeza ‘A heart that’s full up like a landfill, a job that slowly kills you, bruises that won’t heal, you were so tired, happy… I’ll take the quiet life, a handshake of carbon monoxide… No alarms and no surprises… please’ las notas retumbando en el alma resumían el verdadero fin de esa noche y servía como la tonada que anticipaba sabiamente lo que ocurriría esa mañana en aquel apartamento vacío de ninfas y diosas, sin olores de cocina gaditana ni café que aplacara el estado grogui en que me encontraba antes del fin, sin encontrar otra salida más allá de la soledad.

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